Ruinas de la casa de mi padre en Campo de Luna

Hoy hace un año que murió mi padre

Retrato de Marcelino José Rodríguez AriasLa muerte te llevó junto a la mujer que habías elegido hacía más de cincuenta años como compañera; su voz fue lo último que oíste antes de pasar al otro lado. No todos pueden decir lo mismo: morir en casa, de repente, sin sufrir, como un golpe de viento que llega y se va sin saber cómo. Una ráfaga de viento semejante golpeó la ventana que está tras el sillón en el que moriste, y en el que yo me senté para estar donde tú habías estado unas horas antes y por última vez, luego de toda la confusión de médicos, asistentes, familiares, amigos y vecinos que llenaron la casa aquella mañana del 3 de abril de 2018.

Dos unidades del 112 nada pudieron hacer contra la rotura de un aneurisma de aorta abdominal. Pero nadie en aquel momento podía saberlo, así que lo intentaron todo hasta que resultó evidente que cualquier esfuerzo era ya inútil. Cuando los médicos se fueron, recuerdo que me arrodillé ante ti, te acaricié la cara con ternura y te di un beso en la frente para despedirme, un último beso.

Ahora sé que la muerte de un padre impone en nuestras vidas una cronología nueva y particular —diferente del calendario civil—, tan omnipresente como silenciosa. Una cronología que nos fuerza sin contemplaciones a datar el tiempo, nuestra parcela de tiempo, de otra manera. Desde aquel momento, todas las cosas fueron o serán antes o después «de lo de papá», y luego, cuando el dolor se aminore y las palabras no duelan tanto: «de que papá muriera». A veces pienso que no ha ocurrido, que no puede haber ocurrido lo que sé que es cierto.

Sabemos bien que los dos acontecimientos más importantes de la vida de todo ser humano, el nacimiento y la muerte, son también aquellos en los que el protagonista no es consciente de su papel, aunque en la muerte todo es distinto. Seremos también los protagonistas, pero solo nuestro cuerpo estará presente, mientras nosotros habitaremos desde entonces en la mente de nuestros seres queridos, de quienes nos conocieron, de aquellos a quienes amamos.

Como el nacimiento viene precedido de nueve meses de publicidad, preparativos y alegrías, asumimos, inconscientemente y con cierto egoísmo, que la muerte de un ser querido —por esencia dolorosa— debe anunciarse también, para hacernos a la idea poco a poco, lo cual supone compartir el sufrimiento. Por ello, cuando alguien se va sin previo aviso todo el sufrimiento recae sobre aquellos que se quedan —ahora sé que también eso es el amor—, pero esa carga, de alguna manera que aún no comprendemos bien, se atenúa al saber que el ser querido no sufrió, lo cual reconforta en cierta medida, teniendo en cuenta que el final de ese sufrimiento que actúa como aviso es la muerte, el más estéril de los fines.

Habías nacido en un lugar que ya no existe, Campo de Luna, en la misma casa que tu padre, y como tu padre, también falleciste en la misma casa —otra distinta que te dejó en herencia— cuarenta y cuatro años y dos días después de que él lo hiciera. Tú, que tuviste siempre la fuerza de un león, jamás quisiste ganarle a la muerte algunos años a cambio de convertirte en una persona vulnerable y dependiente. Deseabas que todo se cumpliera de manera natural, sin sufrimiento, como una confusión que nos lleva antes de que podamos saber qué pasa realmente, sin languidecer en un hospital al cuidado de gente extraña, perdiendo la dignidad y la autoestima lentamente. Siempre le pedías a Dios que te llevase rápido. Todo parece indicar que te escuchó.

Sin cumplir con los preceptos de la liturgia oficial, fuiste religioso a tu modo, siempre, como lo son todos los hombres que se mantienen en contacto pleno con la naturaleza. Te criaste al aire libre y jamás te gustó estar encerrado. Disfrutabas pescando, y antes cazando también, construyendo en tu pequeño taller lo que habías diseñado en tu mente durante días hasta el último detalle o pasando horas y horas en la huerta. El día anterior habías podado los árboles, y tenías más de ochenta años.

Siempre me angustió el miedo a que murieras en un accidente de coche. Fui un joven que se inquietaba en silencio si llegabas tarde a casa. En alguna parte leí que el miedo a la muerte súbita del padre angustió también a Miguel Delibes cuando era niño, y es cierto que su obra lo refleja. Lo comprendo perfectamente.

Recuerdo cuando era pequeño y los domingos por la mañana me levantaba temprano, me iba a vuestra cama y me sentaba en tus rodillas. Entonces tú me sujetabas de las manos y flexionabas las piernas, y yo subía entre risas, y luego, cuando menos lo esperaba, estirabas las piernas y yo caía entre más risas aún sobre la cama, y luego comenzabas otra vez, y todo eran risas y más besos; también recuerdo cuando me llevabas en la Vespa que compraste antes de que yo naciera y que tanto te gustaba; o cuando íbamos con algunos primos al río Órbigo o al pantano de Luna a pasar el domingo; o tantos buenos momentos.

Hay pocas fotos en las que salgamos juntos, pero las mejores de cuando era niño me las hiciste tú; no sales en ellas, pero estás en todas. He heredado de ti muchas cosas, entre ellas la habilidad para las respuestas rápidas, ingeniosas y divertidas, y la facilidad para el trato con la gente. Me enseñaste mucho más de lo que durante un tiempo estuve dispuesto a reconocer; luego, por suerte, fui consciente de todo ello y lo acepté como algo natural. También me enseñaste el mar, que conocí en Santander cuando tenía poco más de dos años, a trabajar la tierra, a «mirar por las cosas» y a guardar memoria de los antepasados. Gracias a todo ello y a mucho más que ahora me sería difícil expresar, sé que maduramos en el momento en que aceptamos a nuestros padres en nosotros mismos, y no antes.

No conseguiste, sin embargo, que me aficionara al fútbol o a la pesca, pero jamás me impusiste tu criterio sobre cosa alguna. Al igual que mamá, no hiciste sino trabajar —casi cincuenta años cotizados— para que Sergio y yo tuviéramos la mejor educación posible. Realmente eras feliz teniendo una familia. Cuenta la tradición que cuando yo era pequeño, por no sé qué comportamiento impertinente que tuve en público, me diste un pequeño cachete, el único en toda mi vida, que te pesó durante años; yo no lo recuerdo. Por mi parte, me pesa no haber sabido entenderte antes y así haber evitado algunas discusiones que tuvimos. Pero sé que es normal que un padre y su hijo discutan alguna que otra vez.

Apenas quedó parte de España, archipiélagos incluidos, donde no hubieras estado por trabajo o por placer. También conociste el norte de Italia, el oeste de Alemania, buena parte de Portugal y no menos de Argentina, a donde hubieras regresado cada año de haber podido. En Argentina pudiste ver al fin, como era tu deseo desde niño, todo lo que construyeron en un pequeño pueblo de La Pampa el abuelo y sus hermanos, que luego mantuvieron y aumentaron tu hermano Manuel y vuestro primo Marcelo, y ahora lleva adelante el hijo de Manuel, mi primo Sergio, cuyo hijo también se llama como tú, como yo y como el abuelo: Marcelino Rodríguez, aunque, como es costumbre en la familia, le llamarán Marcelo.

«Puedo morir en paz porque he entregado lo que he podido». Este podría ser tu epitafio. El resumen de tu elogio fúnebre. Pero, de hecho, entregaste más de lo que podías. Jamás vi que te quejaras. Eras un padre inagotable en el trabajo y el esfuerzo, en la entrega total para sacar adelante a tu familia.

Supongo que habrá más padres así, pero esto es lo que hizo el mío, y lo hizo hasta el último segundo de su vida. Esta fue su manera de mostrar al mundo su amor por la vida y por los suyos. Y bien puedo decir que su vida no fue en vano. Gracias por todo, papá. Te quiero.

René Fuentes

La mano que el perro llevaba en la boca

René Fuentes, La mano que el perro llevaba en la boca, Eolas, 2017, 188 páginas. Este libro fue galardonado con el Premio de Novela Corta Fundación MonteLeón 2017.

Esta obra de René Fuentes en una preciosa descripción del ambiente posrevolucionario en una pequeña ciudad del oriente de Cuba. Nostalgia de la infancia y la adolescencia, frustración por la libertad truncada, crítica al régimen castrista, ternura y apología de la gente sencilla son los temas principales de esta obra dotada de gran humanidad. El lector se ve atrapado de inmediato por las voces de los personajes y su fino sentido del humor, por la manera de exponer los temas y por la forma de criticar la dictadura cubana desde el punto de vista del pueblo.

La historia está basada en la muerte de la niña Lilian Ramírez Espinosa, que conmocionó a la localidad de Bayamo y a toda Cuba a mediados de mayo de 2010, y cuyo impacto se prolongó con las investigaciones policiales y el juicio hasta finales del año siguiente. Con este suceso como hilo conductor, Fuentes estructura una novela testimonio, con matices de neorrealismo y realismo social-crítico, compuesta por dos tramas. La principal se desarrolla en los capítulos impares, ocupa un cuarto de la novela y está narrada en primera persona por el protagonista (Nandito), que nos cuenta cómo y por qué se decidió a escribir sobre la muerte de la chica; la secundaria ocupa las tres cuartas partes restantes, se desarrolla en los capítulos pares y tiene varios narradores que también ejercen de personajes (un ejemplo de narrador poliédrico muy bien resuelto) que entran en escena con la noticia de la concesión al protagonista de un premio literario en España. Aunque ambas tramas se exponen desde el principio y se entrelazan por el avance de los capítulos, también es posible leer primero la principal y luego la secundaria. De esta forma, la percepción de la novela en su conjunto adquiere una intensidad diferente, muy especial.

La musicalidad del título nos revela al Fuentes poeta, y el uso de varios narradores y sus recursos nos habla del novelista que conoce muy bien el oficio de escribir. No hay personajes planos o esteriotipos de manual. Intervengan poco o mucho, tienen personalidad, están bien dibujados y son el resultado de años de lecturas y observación. El autor lo sabe todo sobre ellos, pero tiene la educación y el buen gusto de contar solo lo necesario para el desarrollo de la novela. Los americanismos que salpican el texto no afectan a su comprensión por parte del lector español medio, sino que le permiten disfrutar de la enorme riqueza léxica que compartimos todos los hispanohablantes.

El espacio narrativo durante la mayor parte de la novela es un barrio humilde de Bayamo, la pequeña localidad del oriente cubano donde todo ocurrió y nada bueno pasa. La vida de los personajes se desarrolla, en uno u otro momento, en dicha ciudad o en sus alrededores, con la vía del tren como frontera que separa la zona antigua de la ciudad, bonita y limpia, de los barrios, lugares de casas bajas y humildes, calles de tierra y pocos servicios. Los espacios son descritos como partes del escenario con ligeras pinceladas, sin demorarse en exceso, pero dando la información necesaria para que el lector se haga una idea precisa del entorno.

Es bien sabido que no hay escritor que, de una u otra forma, no hable en sus obras de sí mismo, y en este caso Fuentes no es una excepción. Los personajes de Nandito y Camilo, ambos hermanos, son un trasunto suyo. El primero representa al escritor entregado por completo a su oficio y su pasión, al hombre para quien solo la palabra importa; el segundo, al profesional que abandonó Cuba al ver frustrada la «ilusión de todo eso para lo que nos prepararon, pero no nos dejaron ser». Una demoledora crítica a un sistema fracasado que plantea desde hace años a la juventud cubana una terrible disyuntiva: elegir entre la emigración o la jinetería.

La novela coincide en ciertos aspectos con la última de Ivan Jablonka, Laëtitia o el final de los hombres (Anagrama, 2017; Premio Médicis y Premio Le Monde 2016), basada en un monstruoso suceso ocurrido en los alrededores de la localidad francesa de Pornic a mediados de enero de 2011: la violación, el asesinato y el posterior descuartizamiento de la joven de dieciocho años Laëtitia Perrais. Ambas obras nos permiten contemplar en toda su crudeza la sordidez, la inoperancia y la podredumbre de unos sistemas que parecen sólidos y perfectos, pero que fueron incapaces de romper las respectivas cadenas de errores y horrores que condujeron en cada caso a las terribles muertes de dos muchachas. Por otra parte, se percibe la deliciosa influencia de Paradiso en ciertos detalles, como la narración de la infancia y la adolescencia de un escritor que se confiesa poeta, un sincero homenaje del autor a su compatriota Lezama Lima. También encontramos alguna semejanza entre Nandito y el Jaromil de La vida siempre está en otra parte, de Kundera. Finalmente, en lo que respecta a la política, quienes hayan leído La fiesta vigilada, Antes de que anochezca o Las iniciales de la Tierra, entre otras novelas que denuncian el castrismo, encontrarán en esta un punto de vista diferente y complementario.

René Fuentes Gómez (Bayamo, Cuba, 1969). Poeta, narrador y dramaturgo cubano. Se graduó en la Escuela Nacional de Teatro de Cuba en 1990. Actualmente, colabora en revistas culturales y en certámenes literarios en varios países de Hispanoamérica, y es profesor de Expresión Oral y Escrita en la Facultad de Comunicación y Diseño de la Universidad ORT Uruguay, centro que en 2002 le otorgó el Premio a la Excelencia Docente. Desde 1996, reside en Uruguay. Como novelista, ha publicado Las trampas del paraíso (Fin de Siglo, 1996), La ida por la vuelta (Fin de Siglo, 1998), El mar escrito (Fin de Siglo, 2006), Premio Nacional de Literatura de Uruguay 2004, Noveno círculo (Fin de Siglo, 2011) y La mano que el perro llevaba en la boca (Eolas, 2017), Premio de Novela Corta Fundación MonteLeón. Como poeta, ha publicado Los gallinazos (Casa editorial Abril, 1996), Premio Abril 1994 y Premio Pinos Nuevos 1995, otorgado este por el Instituto Cubano del Libro, Una oscura pradera va pasando (Vintén, 2000), Postales que nadie pedía (Artefacto, 2004), Silbidos dispersos (Estuario Editora, 2009), Premio de Poesía de la Intendencia de Montevideo, Caballo que ladra (Banda Oriental, 2014), Premio de Poesía Juan Carlos Onetti 2013 y Premio Nacional de Literatura de Uruguay 2016, y Guitarra del mesón (Devenir, 2016), Premio de Poesía Blas de Otero-Villa de Bilbao. En cuanto a su labor como dramaturgo, en 1994, ganó el Premio Abril por La bufanda, publicada el año siguiente, y fue finalista del Premio de Teatro Breve 2009 con Un gaucho, dos gauchos, treinta y tres gauchos.

El texto de esta reseña puede ser utilizado bajo la licencia de Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) de Creative Commons. Por ello, el autor reconoce a todo aquel que lo desee el derecho a reproducirlo, con la condición de que se cite expresamente a Errata Loca como sitio original de la publicación. Asimismo, niega a cualquier entidad o asociación autoridad alguna para cobrar por dichas reproducciones a las personas o entidades que así lo hicieran.

MRY

Albert Camus

Cartas a un amigo alemán

Albert Camus, Cartas a un amigo alemán, Tusquets, 2007, 72 páginas. Traducción de Javier Albiñana.

Cartas a un amigo alemán, Albert CamusEsta breve obra de Albert Camus se compone de cuatro cartas que fueron escritas entre julio de 1943 y julio de 1944. Forman un pequeño ensayo político-filosófico, «un documento de la lucha contra la violencia», y su mensaje es válido para cualquier época, pues en ellas se defienden valores esencialmente humanos, como son la justicia, la libertad y el derecho de los individuos a combatir la brutalidad física y espiritual de todas las dictaduras.

Las dos primeras cartas se publicaron, respectivamente, en Revue Libre y en Cahiers de Libération, y las otras dos, escritas para Revue Libre, permanecieron inéditas hasta su publicación en forma de libro, en una tirada muy reducida, después de la Liberación de París. La tercera carta apareció de nuevo en el semanario Libertés a principios de 1945. Hasta la edición italiana de 1948, el autor se negó a que fuesen traducidas y publicadas en el extranjero por varias razones que expone en el prólogo, entre otras, que «son escritos coyunturales, y, por tanto, puede traslucirse en ellos un tono de injusticia».

Su desarrollo es sencillo, pero contundente. Se puede rastrear en ellas la evolución de la guerra y la forma en que el autor ve a quienes desean destruir todo lo que ama. La primera comienza haciendo referencia a una conversación que ambos tuvieron en 1938: «hace de eso cinco años», le dice Camus a su «amigo alemán», y también que le gustaría poder amar a su país sin dejar de amar la justicia, en respuesta a una interpelación constante del alemán: «¡No ama usted a su país!». Tanto esta como la segunda, las utiliza el autor para exponer y contraponer sus puntos de vista respecto a la guerra y la violencia. Deja claro que para quienes son como él no todo vale, que no les ciega el afán de construir su país a costa de la destrucción y el sometimiento de sus vecinos. Desarrolla de una forma muy contemporánea, pero intemporal a la vez, una idea que en Occidente se puede rastrear hasta el relato bíblico de Caín y Abel, donde se establecen los dos modos de enfrentarse al mundo.

En las cartas tercera y cuarta, Camus abandona cualquier posición de inferioridad que pudiera haber mostrado y se enfrenta a sus enemigos en igualdad de condiciones. No solo defiende la causa particular de Francia, sino la de toda la Europa que se siente y quiere ser libre. Describe cómo, únicamente con las armas de la razón, la justicia y el respeto por el dolor ajeno, se puede llegar a consolidar una Europa fuerte y unida. La última fue escrita poco antes de la Liberación de París, cuando ya estaba claro que solo era cuestión de tiempo que los nazis abandonaran Francia y capitularan ante los Aliados, y ello se percibe en el tono que adopta: «Se acerca el momento de su derrota», comienza diciéndole. Trata a su interlocutor como a un perdedor. No solo sabe que su causa es justa —lo supo siempre—, ahora está seguro de que vencerán, porque, a diferencia de su antiguo amigo, él ha «elegido la justicia para permanecer fiel a la tierra».

Estas cartas suponen un rechazo sin matices a la guerra y a las razones que llevaron a su desencadenamiento. Y son también una devastadora crítica a esa Europa que pareció no haber escarmentado tras la catástrofe que en todos los órdenes supuso la Primera Guerra Mundial. Su lectura no solo es reconfortante para el público familiarizado con el tema de la justicia en la obra de Camus, sino para cualquier persona dotada de sensibilidad. En ella encontrará el lector una fuente generosa de sólidos argumentos contra la violencia de los totalitarismos y contra su misma esencia.

Albert Camus (Mondovi, actualmente Dréan, Argelia, 1913 – Villeblerin, Francia, 1960). Novelista, dramaturgo y ensayista francés. Nacido en el seno de una modesta familia de emigrantes franceses (la familia de su madre descendía de la localidad menorquina de San Luis). Su infancia y gran parte de su juventud transcurrieron en Argelia. Inteligente y disciplinado, empezó estudios de filosofía en la Universidad de Argel, pero no pudo concluirlos a causa de la tuberculosis. En 1937, publicó El revés y el derecho, y dos años más tarde, Bodas, un conjunto de artículos que incluyen numerosas reflexiones inspiradas en sus lecturas y viajes. En 1940, se trasladó a París, donde pronto encontró trabajo como redactor en Paris-Soir. Comenzó a ser muy conocido cuando se publicó en 1942 su novela corta El extranjero y el ensayo El mito de Sísifo, obras que se complementan y que reflejan la influencia que sobre él tuvo el existencialismo. De entre el resto de su producción, merecen destacarse la obra de teatro Calígula (1944), las novelas La peste (1947) y La caída (1956), y los ensayos El hombre rebelde (1951) y Reflexiones sobre la guillotina (1957), año en que se le concedió el Premio Nobel de Literatura. Falleció a los cuarenta y seis años en un accidente automovilístico.

El texto de esta reseña puede ser utilizado bajo la licencia de Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) de Creative Commons. Por ello, el autor reconoce a todo aquel que lo desee el derecho a reproducirlo, con la condición de que se cite expresamente a Errata Loca como sitio original de la publicación. Asimismo, niega a cualquier entidad o asociación autoridad alguna para cobrar por dichas reproducciones a las personas o entidades que así lo hicieran.

MRY

Gumersindo de Azcárate

Azcárate

Con motivo de cumplirse, el 15 de diciembre de 2017, cien años del fallecimiento de Gumersindo de Azcárate, rescato (corregida y revisada) esta reseña biográfica que publiqué en Diario de León el 25 de enero de 1995, en el suplemento semanal «Galería de leoneses ilustres». La foto de cabecera (Azcárate en su biblioteca) pertenece a la colección de postales del Fondo Joan Gómez Escofet de la UAB.

Hay detalles en apariencia insignificantes que aportan más información sobre una persona que muchos de sus actos, las fechas que jalonan su vida o las personas con quienes la comparten. Así por ejemplo, cuenta Suetonio que Calígula, que era diestro en muchas cosas, no sabía nadar; Beethoven, autor de una sinfonía, la séptima, que Wagner consideraba «la apoteosis de la danza», jamás aprendió a bailar; Byron, el poeta inglés paradigma del Romanticismo, amante de muchas mujeres, no soportaba verlas comer; al zar Pedro I, un hombre valiente que no se paraba ante nada, le aterrorizaba dormir solo; y la lista podría extenderse a lo largo de varias páginas. En lo que respecta a nuestro personaje, un hombre muy culto y bien educado, sorprende su absoluta falta de sensibilidad artística: ni la música, ni la pintura, ni la escultura, ni cualquier otra de las artes lo conmovían, no había expresión artística ante la que sintiese la más mínima emoción, y esto es más sorprendente aún porque no carecía de sensibilidad, y hasta de ternura, pues fue un esposo cariñoso y enamorado, un buen hijo, un gran amigo y un maestro cordial que se interesaba por los trabajos de sus alumnos, a los que no escatimaba consejo y prestaba libros de su biblioteca particular, la misma que hoy está a disposición de todos en la Biblioteca Azcárate de la Fundación Sierra-Pambley.

Primeros años y educación

Curiosidades aparte, de entre los leoneses que pueden ser incluidos —por sus méritos indiscutibles— en la nómina de españoles ilustres, figura sin duda alguna Gumersindo de Azcárate y Menéndez, que nació en León el lunes 13 de enero de 1840 en la casa que su familia tenía en la calle de la Rúa. Fue el primogénito de Justa Menéndez Morán, miembro de una acomodada familia asturiana, y de Patricio de Azcárate del Corral, a quien ella había conocido cuando él se encontraba estudiando en la Universidad de Oviedo.

Merece la pena detenerse un poco para hablar del padre de nuestro personaje, porque su vida nos permite entender la trayectoria de Gumersindo, la de sus hermanos y la de todos sus descendientes. Patricio nació en León en 1800, aunque su familia provenía de la localidad navarra de Azcárate, a los pies del monte Aralar. Fue un destacado filósofo, político e historiador que ayudó a difundir en nuestro país la filosofía moderna, y cuyo trabajo permitió que se pudiera contar en España, por vez primera, con ediciones dignas de las obras de Platón, Aristóteles y Leibniz, aunque procedieran, principalmente, de publicaciones francesas y fuesen anteriores a las modernas ediciones críticas. Los veintiséis volúmenes de la Biblioteca Filosófica que tradujo (once dedicados a Platón, diez a Aristóteles y cinco a Leibniz), junto con su obra Exposición histórico-crítica de los sistemas filosóficos modernos (1861), conforman una de las aportaciones más relevantes para la difusión de la filosofía en el ámbito hispánico durante todo el siglo XIX. Gracias a su trabajo, pudo Borges estudiar filosofía según confesaría años más tarde en la biblioteca paterna en la que pasó leyendo muchas horas de su infancia y juventud, aquella biblioteca que estaba seguro de no haber abandonado jamás.

A los dos días de nacer, bautizan a nuestro personaje en la iglesia de San Marcelo y le imponen los nombres de Gumersindo (uno de los santos cuya festividad se celebra el día 13 de enero) y José. Tanto su madre, «una mujer dotada de buen sentido y fortaleza moral», como su padre, «un hombre laborioso, culto, hábil y prudente», hicieron que su infancia y adolescencia transcurriesen felices «en un hogar apacible, profundamente religioso —pero sin fanatismos—, humanitario, leal, moderno, austero, tolerante, con sentido moral, ponderación, equilibrio y patriotismo, así como una exquisita devoción por el servicio a la comunidad». No es de extrañar que tanto Gumersindo como sus hermanos (Tomás, Cayo, Jesusa y Manuela) mantuviesen durante toda su vida absoluta fidelidad a unos principios que les habían sido inculcados desde la cuna.

Tras cursar la enseñanza primaria que completaría de la mano de sus padres en una casa llena de libros, como era la de los Azcárate, realiza los estudios secundarios en el Instituto Provincial de León, entre 1849 y 1855, donde gana fama de buen estudiante y de ser un muchacho inquieto y despierto. Al terminar, se traslada a la Universidad de Oviedo, donde se matricula en las Facultades de Ciencias Naturales y Jurisprudencia, pero un decreto gubernamental que prohíbe la doble matrícula le obliga a elegir, y opta por el Derecho. En 1858, abandona la capital asturiana y se traslada a la Universidad Central de Madrid, donde continúa con sus estudios y se licencia en Derecho con veintidós años. Tres más tarde, en 1865, recibe el título de bachiller en Filosofía y Letras, título entonces equivalente al de Bachelor of Arts, que aún hoy forma parte de las titulaciones universitarias de ciertos países de habla inglesa, como Reino Unido, Canadá o Estados Unidos —donde es uno de los títulos de Grado más tradicionales—, y de algunos otros del Espacio Europeo de Educación Superior. Corona Azcárate su formación académica con una tesis doctoral titulada Juicio crítico de la Ley 61 de Toro, un detallado estudio sobre una de las ochenta y tres disposiciones que componen las conocidas Leyes de Toro.

Crisis religiosa y vida académica

Gumersindo de Azcárate

Gumersindo de Azcárate en su biblioteca

En 1866, con veintiséis años, ingresa en el Ministerio de Gracia y Justicia como letrado de la Dirección General de Registros. A finales de ese año, el 15 de octubre, contrae matrimonio en Madrid con Emilia Justina de la Soledad Inerarity Brusa, una joven y hermosa mujer cubana de dieciocho años, nacida en San Juan de los Remedios de madre cubana y padre estadounidense de ascendencia inglesa. Poco dura esta felicidad, el 15 de febrero de 1868, tras el nacimiento de su primer y único hijo, Emilia fallece de fiebre puerperal; días más tarde, el niño muere también. Destrozado, Azcárate sufre una profunda crisis religiosa que, años más tarde, resultará en su alejamiento de la Iglesia católica, pero no de la doctrina y las enseñanzas de Jesús de Nazaret, en quien siempre vio «un modelo de conducta ética y social, de amor y de justicia». En La Institución Libre de Enseñanza y su ambiente, Antonio Jiménez-Landi cita una carta que Azcárate escribió, con motivo de su segundo matrimonio, al político y abogado Alejandro Groizard y Gómez de la Serna, en la que hacía esta sincera confesión de fe: «Debo decirle que en mis libros y en mis discursos he mantenido enérgicamente el título de cristiano, y que en verdad puedo decir que pertenezco a la secta de los unitarios, que cuenta numerosos miembros en Europa».

Para comprender mejor este tránsito desde un catolicismo ortodoxo hasta un cristianismo heterodoxo, se hace imprescindible la lectura de Minuta de un testamento, que escribió en Cáceres, mientras permanecía desterrado a causa de la llamada «cuestión universitaria», y publicó en Madrid en 1876 bajo el seudónimo «W». La cuestión religiosa y la defensa de la tolerancia constituyen el núcleo de este libro, una mezcla de ensayo político, obra de ficción y tratado de reformas sociales, en el que Azcárate desarrolla su «cosmovisión, más cercana al protestantismo más progresista o al modernismo católico», en palabras de José García-Velasco García, actual presidente de la Institución Libre de Enseñanza.

Entre los veintiocho y los cuarenta y un años, se entrega a la docencia en cuerpo y alma. En 1868, es nombrado profesor auxiliar de la cátedra de Economía Política y Estadística de la Facultad de Derecho de la Universidad Central; en octubre del año siguiente, pasa a desempeñar el mismo puesto en la cátedra de Legislación Comparada, de la que será titular en 1873. Pero con el inicio de la Restauración, llegan los problemas para los profesores krausistas. El 17 de julio de 1875, es separado de su cátedra por «abierta rebeldía contra la Iglesia católica y la Monarquía», al no aceptar el juramento requerido por Manuel Orovio Echagüe, ministro de Educación, a todos los docentes; igual suerte corrieron otros ilustres colegas, entre los que destacaban Nicolás Salmerón y Francisco Giner de los Ríos, íntimo amigo suyo. A causa de esta «cuestión universitaria», muchos de los mejores profesores universitarios y todos aquellos que defendían una profunda renovación del sistema pedagógico, fueron aglutinándose en torno a Giner de los Ríos, Rafael María de Labra y Azcárate, quien se convirtió en portavoz de los criterios de la Institución Libre de Enseñanza, tanto en lo ideológico y organizativo como en sus aspectos pedagógicos y jurídicos. En 1869, estos hombres habían llorado la muerte de Julián Sanz del Río, amigo y maestro, que ejerció una influencia decisiva en todos ellos por medio del krausismo, y a quien le hubiera gustado saber que su obra cristalizaría en la Institución Libre de Enseñanza apenas siete años después de su fallecimiento.

Desde la aprobación de sus estatutos por un real decreto el 16 de agosto de 1876, la Institución Libre de Enseñanza se distinguió siempre por ser un movimiento pedagógico vocacional, liberal, secularizante, laico, naturalista, espiritualista, ético, altruista y elitista, razones por las que Azcárate le dedicó gran parte de su tiempo. Para él, la educación no era sino la formación integral del individuo desde su niñez, ante lo cual el maestro —así como el profesor universitario— había de ser independiente en sus explicaciones. Si bien en un principio la Institución nació bajo la premisa de abarcar en sus aulas todo el ciclo educativo, poco duró la docencia universitaria entre sus muros, fundamentalmente a causa de ser repuestos en sus cátedras oficiales la mayoría de los profesores que habían sido expulsados de ellas años atrás. En esa época (finales de la década de los setenta y principios de los ochenta), es ya una personalidad muy conocida en los círculos académicos, jurídicos y políticos de toda España. Publica por entonces algunas de sus obras más relevantes: Estudios económicos y sociales (1876), El self-government y la monarquía doctrinaria y Estudios filosóficos y políticos (1877), La constitución inglesa y la política del continente (1878) y Ensayo de una historia del derecho de propiedad y su estado actual en Europa (1880).

carácter y Vida familiar

Gumersindo de AzcárateQuizá por el hecho de ser viudo y no tener hijos, dedicó más tiempo a sus padres, a sus hermanos, a sus sobrinos, a su familia política (con la que mantuvo siempre muy buenas relaciones) y a sus amigos, a quienes quería como si fuesen hermanos, valga como ejemplo la profunda amistad que lo unió con Francisco Giner de los Ríos y el también leonés Francisco Fernández-Blanco de Sierra-Pambley (don Paco Sierra).

Las vacaciones eran motivo de júbilo para los Azcárate, que solían reunirse al completo todos los veranos en una casa que su padre había comprado en Villimer, y que terminó por convertirse en casa solariega de la familia. Allí podía entregarse a una de sus aficiones favoritas: los largos paseos por el campo, que le procuraban la paz y el sosiego que no encontraba en Madrid.

Su sobrino Pablo de Azcárate lo describe como una persona de «elevada estatura y gran prestancia, en la que se aunaban armoniosamente una cierta brusquedad externa en sus ademanes con una cordial afabilidad. Por encima de su inteligencia y laboriosidad —continúa—, sobresalía su tolerancia, y era casi imposible hacerle ver las intenciones torticeras de algún individuo, estando por el contrario siempre dispuesto a reconocer inteligencia en el más romo o buena intención en el más hipócrita». De su buen talante y ausencia de rencor nos habla su comportamiento en el funeral de Vicente de la Fuente y Condón, rector de la Universidad de Madrid cuando fue apartado de su cátedra: «Quiero tributar este último homenaje —dijo Azcárate en aquella ocasión— al hombre recto y bueno que supo cumplir siempre lo que creía su deber». Como dato peculiar, Pablo de Azcárate llama nuestra atención sobre el único rasgo negativo de su personalidad: «su total y completa insensibilidad para la emoción artística en todas sus manifestaciones», lo que no fue obstáculo para que se implicara totalmente en la Institución Libre de Enseñanza, donde el amor a todas las artes era uno de los elementos básicos de su ideario pedagógico.

Enamorado de nuevo, decide contraer matrimonio con María Benita Álvarez Guijarro, hija del entonces presidente del Tribunal de Cuentas, Fernando Álvarez Martínez. Como ya no se consideraba católico, al principio surgieron problemas la Iglesia pretendía que volviese a su seno, pero tras arduas negociaciones obtiene la dispensa de paridad de cultos (en el acta matrimonial, figura como «no católico»), y al fin la boda pudo celebrarse en Lisboa, el 11 de abril de 1882.

Regreso a la universidad y Vida política

Gumersindo de Azcárate

Azcárate delante del Congreso de los Diputados (Rivero, 1912)

En 1881, es readmitido en la universidad. Como forma de conciliar sus derechos adquiridos con los de quien ocupaba su puesto, primeramente, le encomendaron la cátedra de Historia del Derecho, que desempeñó hasta 1885, año en el que pasó a la de Instituciones de Derecho privado de los pueblos antiguos y modernos; suprimida esta en 1892, regresó a su antigua cátedra de Legislación Comparada, que había quedado vacante. De esta forma veía satisfecha su afición predilecta: la docencia, pues, antes que cualquier otra cosa, Azcárate fue un maestro en el más hondo sentido de la palabra. En un artículo publicado en la revista La Esfera, Eduardo Gómez de Baquero (su alumno de doctorado en 1887) cuenta que «era un maestro cordial, y casi hay redundancia en calificarlo así, pues sin amor, sin que el corazón tome su parte, no hay maestro verdadero. Se interesaba por los trabajos de sus alumnos. No les escatimaba el consejo y frecuentemente les prestaba libros de su biblioteca particular». En estos años, compagina su labor docente con la carrera política y con su trabajo como investigador y estudioso, uno de cuyos frutos es El régimen parlamentario en la práctica, publicado en 1885.

Tras varios intentos fallidos en las elecciones de 1869, 1871 y 1881, en las de abril de 1886 (gracias al acuerdo de dos partidos republicanos leoneses: el democrático-progresista y el posibilista), consiguió el acta de diputado por León, distrito al que representaría durante treinta años, salvo en la legislatura de 1896-1898. Fue en su actividad política lo más contrario que pueda imaginarse a los modos del caciquismo. Jamás pudieron cantar sobre él una coplilla semejante a la que circulaba por León contra el diputado por el distrito de La Vecilla Fernando Merino Villarino, conde consorte de Sagasta, que decía: «No queremos diputado / que tenga tanto dinero, / pues llegan las elecciones / y nos harta de centeno. / No queremos a Merino, / porque somos de Molleda. / No te queremos el vino / ni que nos pagues las deudas». Convencido como estaba de que los diputados no lo eran para gestionar asuntos particulares, sino para procurar el bien común, Azcárate tuvo por ello muchos enemigos, pero estos jamás se atrevieron a poner en tela de juicio su honradez. Y cuando sus colegas en política se referían a su talante reformista y valiente —nunca temerario—, alababan el tesón y el carácter recio desplegados en su actividad parlamentaria, características que en gran parte se debían, según la opinión de aquellos, a su condición de leonés.

Años finales

Apenas comenzado el siglo XX, Azcárate queda viudo por segunda vez. En 1902 fallece María Benita. De igual manera que tras las muertes de su primera mujer y de su hijo, sigue adelante, sin rendirse, sin derrumbarse, entregado al trabajo de manera infatigable, con el apoyo de familiares y amigos. Gracias a su valía personal, a su auctoritas, el 14 de mayo de 1903, y a pesar de sus muchas ocupaciones, es nombrado presidente del Instituto de Reformas Sociales, organismo creado a finales de abril de ese mismo año por el gobierno del conservador Francisco Silvela (que desarrollaba de este modo el Instituto del Trabajo que había propuesto el liberal José Canalejas y que no salió adelante) para estudiar y proponer legislación que mejorase la vida y las condiciones laborales de los trabajadores y sus familias, labor que en otros países realizaba el Ministerio de Trabajo.

Además de sus otras ocupaciones, ejerció como abogado (durante treinta y cinco años fue el de la embajada del Reino Unido en Madrid, sin sueldo), pero más que actuar ante los tribunales, se dedicó, principalmente, a la redacción de informes y a dictar laudos o sentencias arbitrales. Precisamente por su gran prestigio profesional, en junio de 1907 se negó a llevar la defensa de Ferrer Guardia, autor intelectual del atentado perpetrado por Mateo Morral contra los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia el día de su boda, por considerarlo manifiestamente culpable. Un año después, el 24 de julio, se publica la Ley sobre nulidad de los contratos de préstamos usurarios, en vigor desde el 13 de agosto y conocida desde entonces como Ley Azcárate, por ser él su padre intelectual, su impulsor y su defensor en las Cortes. Han transcurrido más de cien años y continúa vigente en lo sustancial, pues de los dieciséis que la componen, solo han sido derogados o modificados cuatro artículos por aplicación de la nueva Ley de Enjuiciamiento Civil, que entró en vigor el 8 de enero de 2001. Contra lo que pudiera pensarse, dado los muchos nombramientos recibidos y los cargos de importancia que ocupaba, su única nómina era la que percibía como catedrático, el resto eran puestos que desempeñaba sin recibir un sueldo a cambio, hecho no infrecuente en aquella época (los diputados y senadores de la Restauración, por ejemplo, no cobraban del Estado por su trabajo en las cámaras), lo que favorecía el cabildeo y la corrupción, comportamientos a los que Azcárate fue siempre ajeno.

Durante esta última etapa de su vida, fue miembro del Consejo de Instrucción Pública, de la Real Academia de la Historia, vicepresidente de la Junta de Ampliación de Estudios y fundador, junto con don Paco Sierra, Francisco Giner de los Ríos y Manuel Bartolomé Cossío, de la Fundación Sierra-Pambley, de cuyo patronato fue presidente hasta su muerte, tras la cual, sus sobrinos herederos donaron su biblioteca a la Fundación, mientras que los manuscritos se entregaron a la Real Academia de la Historia. En 1915, con setenta y cinco años, solicitó la jubilación de su cátedra, pues consideraba que ya no estaba en condiciones de desempeñar su labor como debía. En reconocimiento a todo su trabajo en la universidad, el Ministerio de Instrucción Pública le nombró rector honorario de la Universidad de Madrid.

Gumersindo de Azcárate

Azcárate (Campúa, «La Esfera«, n.º 208)

Cuenta Adolfo González-Posada en el prólogo a una edición de El régimen parlamentario en la práctica, que en la sesión que celebraba el Instituto de Reformas Sociales el 13 de diciembre de 1917, Azcárate, que sabía que estaba enfermo, se proponía ceder la presidencia al vicepresidente, Luis de Marichalar y Monreal, vizconde de Eza (abuelo de Jaime de Marichalar), «a quien consideraba muy capacitado para continuar su obra. Se acercó a la mesa, ocupó su sillón disponiéndose a dar lectura al documento —trascendental documento que acababan de entregarle, y en el que la representación obrera en el Instituto anunciaba su retirada hasta que el Poder público acordase la deseada reparación a los presos obreros (por los sucesos del mes de agosto en la huelga de 1917), y entre los cuales se encontraba el señor Largo Caballero. Pero cuando don Gumersindo, sentado en su sillón, quiso desdoblar el documento de los obreros, no pudo: sus manos no obedecían; inclinado hacia la derecha, intentó en vano alcanzar la campanilla». Había sufrido un derrame cerebral que lo dejó inconsciente. Lo llevaron a su casa, en el número 72 de la calle Velázquez, donde residía con algunos miembros de su familia, y donde falleció, sin haber recuperado la consciencia, en la madrugada del sábado 15 de diciembre de 1917.

Fue enterrado en el cementerio civil de Madrid (junto a su amigo, el también leonés Fernando de Castro y Pajares), pues no quiso ser inhumado en el católico «para no caer en una postura de hipocresía». No obstante, sobre su tumba —y a petición propia—, labraron una cruz y esta frase: «Amaos los unos a los otros». Junto a esta exhortación de Jesús (Jn 13, 34) elegida como epitafio, merecen ser rescatadas las últimas frases del artículo que, a modo de elogio fúnebre, publicó en La Esfera Eduardo Gómez de Baquero, poco más de veinte palabras que resumen una vida plena, útil y sincera: «Azcárate deja libros llenos de doctrina, muchos discursos, una intensa labor de cultura. Deja, además, una cosa más preciosa y más rara: un ejemplo».

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Wassalon, Salvador J. Tamayo, Eolas.

Wassalon

Salvador J. Tamayo, Wassalon, Eolas, 2016, 118 páginas. Este libro fue galardonado con el Premio de Novela Corta Fundación MonteLeón 2016.

Wassalon, Salvador J. Tamayo, Eolas.La novela, narrada en primera persona, se desarrolla en Gante, tras los atentados islamistas en la sala Bataclán de París y el posterior cerco a los terroristas en el barrio bruselense de Molenbeek, y el mismo día del atentado en el aeropuerto de Bruselas y en la estación de metro de Maalbek. Comienza con el hallazgo del cadáver de una chica en una lavandería pública (cuyo nombre da título a la novela), dentro de una lavadora; no hay concesiones a lo políticamente correcto. El autor —a quien le interesa «buscar lo extraño dentro de lo cotidiano», y es de justicia reconocer que, con esta novela, lo consigue plenamente— ha leído mucho y bien, y eso se nota. Las descripciones, tanto de las situaciones y el entorno como de los personajes, son rápidas y concisas, sin atisbo de pedantería, y están narradas de manera suave, amable, sin importunar al lector.

La obra captura la atención sin reservas, desde el principio, y obliga al lector a estar pendiente de toda la trama argumental, en la que se entrecruzan, se abandonan y se vuelven a tejer los hilos de cada personaje para, llegado el desenlace final, volver al comienzo de la obra. Como presidente del jurado, Salvador Gutiérrez destacó «su actualidad y frescura», así como el hecho de ser «un relato vivo, casi periodístico, una historia muy bien contada en la que se establecen nexos entre los personajes para contar sus vivencias».

Salvador J. Tamayo Chica (San Fernando, 1986) estudió en Cádiz y en Florencia. Es licenciado en Historia y máster en Estudios Hispánicos. Fue becario de la novena promoción de jóvenes creadores de la Fundación Antonio Gala, dirigió la revista de actualidad cultural, social y política GRUNDmagazine y ha escrito en Granite & Rainbow, Panfleto Calidoscopio, eldiario.es y Periódico Diagonal. Reside en Gante. Es autor del libro de relatos Salitre (edición digital en Amazon) y de Wassalon (Eolas, 2016; edición digital en Amazon), Premio de Novela Corta Fundación MonteLeón.

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Sacrificio, Alberto R. Torices

Sacrificio

Alberto R. Torices, Sacrificio, Gadir, 2015, 168 páginas. Este libro fue galardonado con el Premio de Novela Corta Fundación MonteLeón 2015.

Sacrificio, Alberto R. Torices, Gadir.Esta novela, que nació en el verano de 2007, habitó un cajón durante años y reclamó de su autor relecturas y reescrituras sucesivas, es un texto hermoso, trabajado con pulcritud de orfebre, una obra íntima que destila la cantidad necesaria de ternura y dolor para tratar un tema sencillo y convencional, como sencilla y convencional —en palabras de su autor— es la vida de los «adolescentes, esas pobres, turbulentas, agobiadas criaturas que fuimos todos y quizá seguimos siendo un poco». El jurado de la Fundación MonteLeón consideró que esta novela corta tiene «el interés de una narración fresca y lineal, sin trucos y nada barroca, que revela a un escritor con formas y oficio para seguir contando historias».

El protagonista es «el chico», uno de los dos personajes que no reciben un nombre; el otro es su madre. Para él, la vida discurre tranquila, monótona, sin demasiados altibajos, pero eso cambia el día en que conoce a Diana, una muchacha muy especial que pasa las vacaciones en compañía de su madre en una casa cercana. Durante el verano y en el umbral de la adolescencia, el protagonista se ve abocado a vivir una experiencia que lo convertirá en un ser intensamente emocional, enfrentado a dilemas hasta entonces desconocidos para él.

El autor transmite de manera limpia y elegante la idea de que el crecimiento no es otra cosa que la dolorosa reacción ante los estímulos y retos que ponen a prueba nuestra capacidad para responder. Para ello, utiliza la adolescencia como metáfora que explica las batallas que libramos en los momentos más difíciles de nuestra vida, y cuyo resultado, en la mayoría de los casos, supone el sacrificio de otra persona.

Alberto Rodríguez Torices (Guernica, 1972). Es licenciado en Psicología, y actualmente trabaja como corrector de textos y diseñador editorial autónomo. Ha publicado El amanuense (Revista Camparredonda, 1, 2000), Premio de Cuento Ateneo Cultural El Albéitar 2000, Una dulce absolución (Patronato Municipal de Turismo de Peñíscola, 2002), Premio de Relatos Breves Ciudad de Peñíscola, la selección de relatos breves Yo, el monstruo (Ediciones Leteo, 2002),  la novela corta Piel todavía muy blanca (Instituto Leonés de Cultura, 2004), Premio Tierras de León, la colección de cuentos Los sueños apócrifos (Camparredonda, 2009), Mi profundo sur (UNED, 2010), Premio UNED de Narración Breve 2009, Sacrificio (Gadir, 2015), Premio de Novela Corta Fundación MonteLeón, y la colección de relatos Trata de olvidarlas (Trea, 2017). Fue miembro del equipo editorial de las revistas Otras voces y The Children’s Book of American Birds, y actualmente colabora en la sección de reseñas literarias de la Revista Cultural Tarántula. En 2017, gana el Concurso de Relatos La Puerta de Tannhaüser, convocado por la librería placentina del mismo nombre, con la obra La vida, profesor.

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Seducciones, Roberto Vivero, Gadir.

Seducciones

Roberto Vivero, Seducciones, Gadir, 2014, 180 páginas. Este libro fue galardonado con el Premio de Novela Corta Fundación MonteLeón 2014.

Seducciones, Roberto Vivero. Editorial Gadir.En esta novela (cuyo título original era Violaciones) no encontrará el lector las formas y maneras de la literatura más comercial. Por el contrario, su lectura le sumergirá en una obra diferente, atractiva y emocionante, poblada por descripciones afortunadas y bellas imágenes literarias, y salpicada aquí y allá por nuevos términos que fingen ser erratas. Un audaz ejercicio literario que se lee de un tirón, a pesar de no tener ni un solo punto: ni punto y coma, ni punto y seguido, ni punto y aparte, ni puntos suspensivos, ni punto final. La misma frase: «y, por lo tanto,»  abre y cierra la obra, lo que da al texto un sentido circular atractivo e inquietante.

La trama es bien sencilla: unas vacaciones en una pequeña isla tropical sirven de escenario para una serie de personajes anónimos que rodean al protagonista, cuya conciencia es la que habla al lector. Todo lo que acontece está influido por la actitud vital de esos personajes, que no pueden ser más indiferentes, indolentes las más de las veces, y que llevan una vida simple y hedonista, sin más interés que el aquí y el ahora, pues en el complejo residencial en el que se alojan tienen «todo lo necesario para no necesitar nada». Tanto ellos como sus acciones permanecen difusos, y el lector camina por este universo de la mano del protagonista-narrador entre lo cierto y lo soñado, entre lo real y lo onírico.

Roberto Vivero Rodríguez (Neda, 1972) es licenciado en Psicología por la Universidad de Salamanca. Ha publicado Sotierra (Baile del Sol, 2005), Las fieras (Baile del Sol, 2009), Hello Goodbye (Bruño, 2012; Klett, 2012; Dinero, 2013), Cáncer de piel (Ediciones Oblicuas, 2014), Premio de Narrativa Ediciones Oblicuas, y Seducciones (Gadir, 2014), Premio de Novela Corta Fundación MonteLeón. Asimismo, ha colaborado con reseñas, traducciones, textos creativos y de investigación en Revista de Occidente, Factótum, Observaciones Filosóficas, Eikasia, Cuadernos del Matemático y El Crítico, entre los que cabe destacar Nietzsche entre los filósofos, El caso Cosima Wagner y Nietzsche y el ajedrez.

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El teatro de la luz, Juan Vico, Gadir.

El teatro de la luz

Juan Vico, El teatro de la luz, Gadir, 2013, 172 páginas. Este libro fue galardonado con el Premio de Novela Corta Fundación MonteLeón 2013.

El teatro de la luz, Juan Vico.La novela se desarrolla en la Barcelona de los felices años 20 del siglo pasado. Mauricio, su protagonista, es un joven escéptico y descreído cuya única pasión es el cine. Por casualidad, conoce al director Emilio Ciret, quien aspira a sacar del pantano de aburguesamiento en el que se encuentra a este arte nuevo que considera ya anquilosado. Para ello, pretende llevar a la pantalla esa ciudad cuya existencia la buena gente conoce, o no, pero que, en cualquier caso, no desea ver: los bajos fondos, el hampa, el crimen, la prostitución, todo lo sórdido y vulgar que la burguesía barcelonesa de entreguerras rechaza. Como expresión de su profundo amor por el séptimo arte, Mauricio, además de amigo de Ciret, se convierte en su guionista y su ayudante. Entre ambos desarrollan un gran proyecto, que deben cancelar a causa de un asesinato.

Los personajes de Vico —en palabras de Agustín Calvo Galán— son perdedores, aunque libres, están recreados en ambientes agrios y sórdidos, y, por encima de todo, buscan lo no convencional. Esta novela se aparta de los caminos trillados y los lugares comunes de la narrativa española más actual. Los protagonistas pretenden habitar en dos mundos que se excluyen mutuamente: la burguesía, por un lado, y los ambientes más bajos y turbios, por otro. La novela va más allá del género negro al recorrer de manera brillante, experimental en algunos momentos, la relación entre el cine, la literatura y la vida.

Juan Vico (Badalona, 1975). Licenciado en Comunicación Audiovisual y máster en Teoría de la Literatura. Ha colaborado con diversos medios de comunicación y ha sido redactor jefe de la revista literaria Quimera. Es autor de las novelas Hobo (La Isla de Siltolá, 2012), El teatro de la luz (Gadir, 2013), Premio de Novela Corta Fundación MonteLeón, y Los bosques imantados (Seix Barral, 2016). Su primer libro de relatos, El claustro rojo (Sloper, 2014), le valió el Premio Café 1916. Ha publicado también tres libros de poesía: Víspera de ayer (Pre-Textos, 2005), Still Life (UAB, 2011) y La balada de Molly Sinclair (Origami, 2014).

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La variable humana, Rodrigo Martín Noriega, Gadir.

La variable humana

Rodrigo Martín Noriega, La variable humana, Gadir, 2012, 130 páginas. Este libro fue galardonado con el Premio de Novela Corta Fundación MonteLeón 2012.

La variable humana, Rodrigo Martín Noriega. Editorial Gadir.Esta novela, ambientada en Londres, fue considerada por Luis Mateo Díez «un trabajo sorprendente, inquietante y complejo», y el jurado del Premio de Novela Corta Fundación MonteLeón destacó que era una obra que, «de forma amena, plantea ese tema tremendo de qué somos y cuál es nuestro destino, cómo nos movemos en la vida y a qué leyes responde lo que nos sucede».

A John Farrell, el protagonista, un joven genio matemático, le obsesiona la idea de que podamos influir en el desarrollo de la vida a través de nuestros actos, y está decidido a explorar los límites de esa ciencia que puede explicar el mundo. Echando mano de ella, el protagonista consigue emular a Chopin, con magníficos resultados, pero quiere ir más allá, y se pregunta si hay algo que no puedan explicar las matemáticas y la lógica, y hasta dónde puede llegar el ser humano con ellas.

El permanente conflicto entre el destino previamente definido y el libre albedrío conforman el tema central de esta novela apasionante, en cuyas páginas podemos disfrutar con la ciencia, la música y la filosofía. El lector se ve atrapado de inmediato por un relato brillante y ágil que interroga a la vez sobre el verdadero sentido de la libertad, el destino y los límites del ser humano para controlarlo.

Rodrigo Martín Noriega (Valladolid, 1976) es licenciado en Historia del Arte y especialista en Teoría y Estética de la Cinematografía. En 2005, comenzó su carrera docente en el Instituto Claudio Sánchez Albornoz de León como profesor de enseñanza secundaria de Geografía e Historia; actualmente, reside en Tudela de Duero. Se define a sí mismo como un «profesor que escribe» y un «contador de historias». Entre otros galardones, ha recibido el premio del Certamen Nacional de Cuentos Noche de San Juan, en Velilla del Río Carrión, dos años consecutivos el Premio Villa de Colindres y publicado La variable humana (Gadir, 2012; edición digital íntegra y corregida en Amazon, 2017), Premio de Novela Corta Fundación MonteLeón 2012, Relatos de las demás cosas (Editora Azul, 2016), Premio de Narrativa Miguel Delibes 2017, y La estación de los vientos (Editora Azul, 2017).

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La corona y la mitra_cabecera

La corona y la mitra

Marcelino Rodríguez Yebra, La corona y la mitra. El primer milenio de la historia leonesa a través de diez ensayos biográficos, Universidad de León (Secretariado de Publicaciones y Medios Audiovisuales), 2002, 142 páginas. Este libro recibió el premio de la Fundación Carolina Rodríguez para «trabajos sobre León y su provincia» en el año 2000.

El primer milenio de la historia leonesa a través de diez ensayos biográficos.En contra de cierta ortodoxia, propongo en este libro echar un vistazo particular a la historia del primer milenio en León a través de la aventura individual de algunos de sus protagonistas en esta parte de España. De los inicios del cristianismo en Hispania a la consolidación de la Reconquista pasando por el lento colapso de la parte occidental del Imperio romano y el auge y caída del reino visigodo.

Las vidas del obispo Basílides, del centurión san Marcelo, del obispo santo Toribio de Astorga, del eremita san Valerio del Bierzo, del obispo san Froilán, de los reyes de León García I, Ordoño II, Ramiro II y Sancho I, y de la infanta regente Elvira Ramírez nos ayudan a evocar el recuerdo de un tiempo pasado que la memoria embellece, habitado por hombres santos y doctos, por monarcas guerreros y mujeres fuertes que jamás toleraron el papel de florero que algunos pretendían darles, pero sin caer en ese tipo de biografía laudatoria, cuasi hagiográfica, que termina por alejarnos de los personajes fijados por la historia pero ocultos tras el fárrago de las batallas, las anécdotas mil veces referidas y los tópicos amables.

Asomarnos de este modo a la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media nos permite ver cómo en aquel largo período, lentamente, sin hitos temporales definidos, fraguaron viejas tradiciones y antiguos usos, comenzaron a balbucir las lenguas romances y echaron raíces algunas instituciones propias de Occidente.

Muy lejos de cualquier consideración política, la tesis propuesta en esta obra es que ciertos rasgos de eso que denominamos «idiosincrasia leonesa» datan de hace siglos, y que seguir la peripecia vital de estos personajes puede servirnos para comprender algunos aspectos de esa forma de pensar, sentir y actuar.

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